“Insisto. En vez de preguntarse por qué habéis quemado unos pocos autobuses y trenes lo sensato habría sido que se preguntaran por qué no lo quemáis todo. Y, después, lo sensato habría sido que se preguntaran por qué hay otra parte de jóvenes que, acobardados y sumisos como ellos mismos, no queman nada.”
Justo de la Cueva. Comunismo o Caos. 1998

 

 

Bueno, gaurkuen zeozer bereziyekin nator. Hasteko azpeitiarrez idaztetelako gaur (jode, oso rarue ite zat), ta segitzeko etxin daketen altxor bat hemen partekatzie nahi detelako. Izene, azkenaldiyen bastante erreta nao bizi deun egoera sozilakin, inposatze zaigun egunerokotasunekin , ta baita neure buruekin e (zertako ixkutau). En fin, erreta naonez suen goratzie iteko goukin neuen. Kuriosue. Erreta eon, ta suen goratzie iteko berra sentitzie. Hortxe ba, kontraesana. Baino logikue, ez? Dialektikie.

Hoixe ba, zuekin partekau nahi detela daketen altxor txiki bat. Liburu bateko pasarte bat da. Bueno, liburu klandestino bat egiye esateko (horreatik da altxor bat neretzat). Ezta ez zientifikue ez analitikue. Estatu español ta frantsezeko kartzelatan dauden presuek (anarkistak, erakundeko jendie, gazte ekintzailiek ,… ) idatzitakue da, ta beayen bizipenak azaltzeituzte bertan lenengo pertsonan. Hemen lagatzeizuet liburuko pasarte bat, aber gustatze zazuen. On ein!

 

 

LOS CHICOS DE LA GASOLINA

Hacia las once y media de la noche me acerqué a coger un autobús nocturno al barrio donde íbamos a hacer la acción. Llevaba dentro de una mochila los efectos para cometerla: unas botellas de plástico con gasolina, Solo eso. Pasando de cocteles. Ya nos habíamos cansado de ennegrecer fachadas sin provocar daños de consideración: era muy espectacular ver como explotan los cocteles, pero según para que, poco efectivos y además marroneros. Por la posesión de uno te podía caer una impresionante condena (al menos en Euskal Herria asi sucedía, y creíamos que no tardaría mucho en pasara aquí, dada la frecuencia con la que se utilizaban últimamente por estos lares). Así nada de “ponches” o “cocos”, que era como los llamábamos entre nosotros. Bajé del autobús en la parada más cercana a la zona, y caminé un rato, dando un pequeño rodeo, para ver si alguien me seguía. Todo en orden. En un pequeño parquecito, escondí entre unos setos las botellas, así nos evitábamos situaciones de riesgo a la hora de la acción (como ser detenidos antes de cometerla con el marrón en la mano). Volví a mi casa, a esperar la hora.

Llegó la hora y nos dirigimos a la moto que teníamos aparcada en una zona de bloques pequeños, calles peatonales y parquecitos, para que pasara más desapercibida. Era un ciclomotor robado, de 50 cc, el motor lo tenía trucado, así que corría un poco más de lo que suelen correr estas motos. Evitando las vías principales llegamos a la calle donde se encontraban los objetivos. Ya había sido elegida previamente y vigilados algunas noches a la hora que pensábamos realizar la acción, para evitar imprevistos tipo “el camión de la basura”, un barrendero, taxis (que son los chivatos más grandes que existen; una vez, gracias a la delación de uno de ellos –recuerdo perfectamente como, desde el coche indicaba con el dedo mi localización a un “Z” de la policía nacional que me retuvo instantes después- me dieron unas tortas y me denunciaron por hacer pintada en la cristalera de una sucursal bancaria). Recogimos los efectos (gasolina) y , mazo en mano, nos acercamos. El estomago te da pinchazos, te concentras en la situación, comienzas a moverte. Al lado de nuestro objetivo primordial (una empresa que empleaba a presos por salarios de miseria) hay otro posible objetivo; decidimos atacarlo primero, aunque sin complicarnos: tratamos de echar la gasolina por debajo de la puerta de cristal con el objeto de que entrara hasta el fondo del local… pero la gasolina no avanzaba, se quedaba estancada, y decidimos no perder más tiempo: s ele predio fuego y ardió un felpudo únicamente, y la cristalera de la puerta que (como supimos después por la prensa) se rompió por las llamas. Según los medios de comunicación allí se lanzo un cóctel molotov u bomba casera, en fin, los objetivos periodistas que siguen las directrices de Interior no se molestan en verificar las informaciones que les dan, ya que en función del estado en el que quedó la empresa atacada, si se hubiera lanzado un cóctel, los daños hubieran sido mucho mayores (máxime cuando solía añadirse jabón a las botellas de gasolina).

Procedimos a romper con el mazo el cristal blindado de la otra empresa. Tras varios golpes sólo se consiguió abrir un pequeño agujero, insuficiente para introducir la gasofa; me entró una mala hostia considerable sólo de pensar que la acción podría quedar reducida a la quema de dos cristaleras, y comencé a patear el cristal, hasta que agrandé lo suficiente el agujero para introducir los dos litro de gasolina. Ahora sí. Llevábamos un palo con unos trapos empapados en gasolina a modo de antorcha. Lanzamos la antorcha dentro y echamos a correr. Me dio tiempo a ver cómo, de repente, unas llamaradas impresionantes se adueñaban del local y la cristalera literalmente explotaba en pedazos. Los daños fueron importantes, como supuse al ver arder el local, y la empresa atacada aseguró que ya no emplearía más a presos, dadas las protestas que estaba sufriendo en los últimos meses (pintadas, concentraciones, etc.), aunque años después se sabría que había vuelto a emplear a presos, cuando debieron ver que ya nadie les atacaría por ello… los tiempos cambian. Montamos en la moto y huimos a toda la velocidad que nos permitía el trasto que conducía. No tuvimos ningún percance en el camino.

Luego ya, a esas horas, (ya cerca de las seis de la mañana) no había ganas de dormir… un nuevo día llegaba. De empalmada, pero sin fiesta. O mejor dicho, con otro tipo de fiesta.

Estas acciones eran frecuentes en esos años, muchos grupos (y también jóvenes en solitario) que se hacían y deshacían para realizar acciones de sabotaje; algunas fueron útiles, se efectuaron para presionar y presionaron; otras quedaron en meros intentos, o proyectos; otras fueron chapuceras (ennegrecimientos de fachadas y cosas similares); otras fueron inútiles, fruto de la inercia, la juventud, la estupidez… había una voluntad de lucha radical por parte de muchos jóvenes y una cierta conciencia, que indicaba que estas acciones debían ser parte de la lucha cotidiana contra lo que nos jodía la vida (el trabajo asalariado, la cárcel, la policía, la especulación y la falta de vivienda asequible…).
Siempre tuvimos claro quién era (y es) el enemigo, y se puso bien cuidado en no provocar daños a terceros.

Radical Fruit Band (Y)