Gaurkuen ezin izan det denboraik hartu artikulue idazteko ta György Lukácsen idatzi labur bat gomendakoizuet: “Sobre la cuestión del parlamentarismo”. Nahiz ta oindela iye 100 urte idatzi, oindik parlamentarismuez pentsatzeko baliyo digu idatzi honek, ta dakizuen bezela, bizitzen ai gean koiuntura politikuek auzi hortaz e hausnartzie  exigitzeigu. Gazteleraz badao liburu bat Lukácsek 1919 ta 1929 bitartien idatzi zitun artikulu politikuek biltzeituna ta ahalbaezue irakurri, etzeate damutuko: Táctica y ética. Escritos tempranos (1919-1929), Herramientak argitarautakue. Bide batez, esan testue agintea hausten webgunetik hartu detela ta ez baldin bazue ezautzen sartu saitezte berta: https://aginteahausten.wordpress.com 

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György Lukács – Sobre la cuestión del parlamentarismo.

1

Se afirma ahora universalmente que la cuestión del parlamentarismo no es una cuestión de principios, sino meramente táctica. A pesar de su indudable veracidad, esta tesis padece, sin embargo, de falta de claridad en varios aspectos. Dejando de lado que dicha tesis es sostenida casi exclusivamente por aquellos que — prácticamente— respaldan el parlamentarismo, y que, por ende, la formulación significa casi siempre una toma de posición a favor del parlamentarismo, con la mera constatación de que una cuestión no es de principios, sino de naturaleza táctica, se ha dicho ciertamente, muy poco. En especial, porque – como consecuencia de la falta de una verdadera epistemología socialista – la relación entre una cuestión táctica y los principios no ha sido aclarada aún en absoluto.

Sin abordar este problema ni siquiera a modo de alusión, es preciso subrayar, sin embargo, lo siguiente. La táctica significa la aplicación práctica de los principios determinados en forma teórica. La táctica es, en consecuencia, el nexo de unión entre la postulación de un fin y la realidad inmediatamente dada. Se encuentra determinada, pues, desde dos perspectivas. Por un lado, a través de los principios y las postulaciones de fines inapelablemente determinadas por el comunismo. Por otro, a través de la realidad histórica en continuo cambio. Aún cuando se ha hablado repetidas veces sobre la gran ductilidad de la táctica comunista (al menos, respecto de cómo debería ser dicha táctica), no hay que olvidar, para una comprensión adecuada de esa tesis, que la falta de rigidez de la táctica comunista es la consecuencia directa de la rigidez de los principios del comunismo. Solo por el hecho de que los inalterables principios del comunismo están llamados a transformar la realidad histórico incesantemente cambiante de un modo vivo v provechoso, pueden dichos principios conservar esa maleabilidad. Toda “Realpolitik” toda acción desprovista de principios, se torna rígida y esquemática: tanto mas rígida y esquemática cuanto más obstinadamente es subrayado su carácter libre de principios (por ejemplo, la política imperialista alemana). Pues lo permanente en el cambio, lo decisivo dentro de la abundancia, no puede ser eliminado por “Realpolitik” alguna. Si esa función no es asumida por una teoría que este en condiciones de influir provechosamente en los hechos, y de volverse provechosa gracias a estos, deben aparecer, en lugar de esa teoría, la costumbre, el esquema, la rutina, y la teoría es, entonces, incapaz de adaptarse a las exigencias del instante. Precisamente por este anclaje en la teoría, en los principios, se diferencia la táctica comunista de toda táctica basada en la “Realpolitik”, ya sea de orientación burguesa o socialdemócrata-pequeñoburguesa. Si, pues, para el Partido Comunista, una cuestión se encuentra determinada como cuestión táctica, cabe preguntar: primero, ¿de que principios depende la cuestión táctica correspondiente?; segundo, ¿a qué situación histórica puede aplicarse esa táctica, de acuerdo con esa dependencia?; tercero, ¿de que índole ha de ser la táctica, también de acuerdo con esa dependencia?; cuarto, ¿cómo ha de concebirse la vinculación de la cuestión táctica individual con las otras cuestiones tácticas individuales -nuevamente, de acuerdo con la vinculación de tales cuestiones tácticas con las cuestiones de principio—?

 

2

A fin de determinar con mayor precisión el parlamentarismo como cuestión táctica del comunismo, siempre hay que partir, por un lado, del principio de la lucha de clases; por otro, del análisis concreto de la situación actual, concreta de las relaciones materiales e ideológicas entre las clases mutuamente enfrentadas. De aquí se derivan las dos preguntas decisivas. Primero: ¿cuándo entra en consideración el parlamentarismo en cuanto arma, en cuanto medio táctico del proletariado? Segundo: ¿cómo ha de emplearse esta arma en beneficio de la lucha de clases proletaria?

La lucha de clases del proletariado niega, de acuerdo con su esencia, la sociedad burguesa. Esto no significa de ningún modo el indiferentismo frente al Estado tan justificadamente ridiculizado por Marx, sino, por el contrario, un tipo de lucha en la que el proletariado no se deja atar en absoluto por las formas y medios que ha construido para sus propios fines la sociedad burguesa -un tipo de lucha en que la iniciativa no se encuentra para nada del lado del proletariado-. Ahora bien, no debe olvidarse que esta forma totalmente pura de la lucha de clases proletaria solo rara vez puede desarrollarse con pureza. Ante todo, porque el proletariado, a pesar de estar, de acuerdo con su misión histórico-filosófica, en lucha continua con el ser de la sociedad burguesa, en las situaciones históricas dadas se encuentra, muy frecuentemente, a la defensiva ante la burguesía. La idea de la lucha de clases proletaria es una gran ofensiva contra el capitalismo; la historia hace que esta ofensiva aparezca como si le hubiera sido impuesta al proletariado. La situación táctica en que se encuentra el proletariado en cada caso puede ser descrita de la manera más simple, en consecuencia, de acuerdo con su carácter ofensivo o defensivo. De lo ya dicho se deduce espontáneamente que, en las situaciones defensivas, debe emplearse medios tácticos que contradicen, en su más profunda esencia, la idea de la lucha de clases proletaria. La aplicación ciertamente necesaria de tales medios siempre está ligada, por ello, al peligro de que tales medios puedan poner en riesgo el fin en función del cual son empleados -es decir, la lucha de clases del proletariado-.

El parlamento, el instrumento más característico de la burguesía, solo puede ser, pues, un arma defensiva del proletariado. La pregunta por el cuándo de su aplicación se resuelve, pues, de modo espontáneo: una fase de la lucha de clases en que no le resulta posible al proletariado —ya sea como consecuencia de las relaciones de fuerza externas, ya sea a causa de la propia inmadurez ideológica— combatir a la burguesía empleando sus propios medios de ataque. La participación en la actividad parlamentaria significa, pues, para todo partido comunista, la conciencia y el reconocimiento de que la revolución es impensable en un corto plazo. El proletariado desplazado a la defensiva puede, entonces, aprovechar la tribuna parlamentaria con fines de agitación y propaganda, puede aplicar las posibilidades que asegura la “libertad” de la burguesía a los miembros del parlamento, como sucedáneo de las formas de expresión que le están vedadas de otra manera; puede usar las luchas parlamentarias en contra de la burguesía para concentrar sus fuerzas, a fin de preparar la lucha real, auténtica en contra de la burguesía. Se entiende por sí mismo que una fase tal puede durar, eventualmente, un lapso de tiempo bastante grande; pero no modifica en nada el hecho de que la actividad parlamentaria, para un partido comunista, nunca puede ser más que la preparación para la lucha auténtica.

 

3

Aún más difícil que determinar el momento en que puede aplicarse la táctica parlamentaria, es indicar cómo tiene que conducirse una fracción comunista en el parlamento. (Las dos cuestiones se interrelacionan, por lo demás, muy estrechamente). Se alude casi siempre al ejemplo de Karl Liebknecht (2) y al de la fracción bolchevique en el Duma. Ambos ejemplos muestran, no obstante, cuán difícil les resulta a los comunistas encontrar la conducta parlamentaria correcta; qué extraordinarias capacidades demanda de los legisladores comunistas. La dificultad puede ser sintetizada brevemente de este modo: el legislador comunista debe luchar contra el parlamento desde el interior del parlamento; y, por cierto, a través de una táctica que ni por un instante se coloca en el terreno de la burguesía, del parlamentarismo. No nos referimos aquí ni a la “protesta” contra el parlamentarismo ni a la “lucha” contra este en los “debates” (todo esto es parlamentarista y legalista, es una vacía fraseología revolucionaria), sino a combatir el parlamentarismo, la hegemonía burguesa en el propio parlamento a través de la acción.

Esa acción revolucionaria no puede hacer otra cosa que preparar ideológicamente el pasaje del proletariado de la defensiva a la ofensiva; es decir que a través de esa acción la burguesía y, junto con esta, sus cómplices socialdemócratas se ven obligados a revelar su dictadura de clase de un modo que puede hacerse peligroso para la persistencia de esa dictadura. En la táctica comunista orientada a desenmascarar a la burguesía en el parlamento, no se trata de una crítica a través de palabras (esto puede ser, en muchos casos, una mera palabrería revolucionaria tolerada por la burguesía), sino de provocar a la burguesía para que esta se desenmascare a través de acciones que, en el instante dado, pueden resultarle desfavorables. Como el parlamentarismo es una táctica defensiva del proletariado, es preciso organizar la defensiva de tal forma que la iniciativa táctica quede, sin embargo, en manos del proletariado y que los ataques de la burguesía resulten fatales para ésta misma (3).

Esperamos que esta exposición desarrollada muy brevemente y a grandes rasgos muestre ya con la claridad suficiente las las grandes dificultades de esa láctica. La primera dificultad a la que están expuestos los grupos parlamentarios casi sin excepción es la de trascender verdaderamente el parlamentarismo dentro del propio parlamento. Pues aun la más aguda crítica de una acción de la clase dominante sigue siendo mera palabra, mera palabrería revolucionaria, si no supera el marco del parlamento; si no tiene como consecuencia que la lucha de clases se encienda precisamente en ese momento; que se manifiesten de modo más evidente los antagonismos de clase y que, por ende, la ideología del proletariado se muestre en forma acelerada. El oportunismo -el gran peligro de la táctica parlamentaria— tiene sus fundamentos últimos precisamente aquí: toda actividad parlamentaria que, en su esencia y en sus efectos, no rebasa el parlamento, no tiene siquiera la tendencia a hacer saltar el marco parlamentario; es oportunista. Al mismo tiempo, la más aguda crítica que se despliega dentro de ese marco no puede producir el menor cambio. Al contrario. Precisamente por el hecho de que una crítica aguda de la sociedad burguesa parece posible en el marco del parlamento, ella contribuirá a la turbación de la conciencia de clase proletaria deseada por la burguesía. La ficción de la democracia parlamentaria burguesa consiste precisamente en que el parlamento no aparezca como un órgano de la opresión de clase, sino como órgano de “todo el pueblo”. En la medida en que todo radicalismo verbal -por el hecho de que es posible dentro del parlamento- refuerza las ilusiones de las capas todavía no despiertas, es oportunista y despreciable.

El parlamento debe, pues, ser saboteado en cuanto parlamento; la actividad parlamentaria debe ser llevada más allá del parlamentarismo. Pero en cuanto la representación parlamentaria de los comunistas se propone una tarea semejante, se revela otra dificultad táctica que es capaz de poner en gran peligro ese trabajo, incluso cuando parece haber sido superado el peligro del oportunismo. El peligro es que, a pesar de todos los esfuerzos que realice la fracción parlamentaria comunista, la iniciativa y, por ende, la preponderancia táctica sigan estando, sin embargo, en manos de la burguesía. Pues lo que determina la preponderancia táctica es cuál de los rivales en pugna consigue imponerle al otro las condiciones de lucha que le resultan más favorables. Ahora bien, ya se ha destacado que toda circunscripción al parlamentarismo representa un triunfo táctico de la burguesía; el proletariado se encuentra puesto, en muchos casos, ante la siguiente opción: o se sustrae a la lucha decisiva (se circunscribe al parlamentarismo: peligro de oportunismo), o va más allá del parlamentarismo apelando a las masas en un instante en que tal maniobra le resulta favorable a la burguesía. El mas claro ejemplo del carácter insoluble de esta cuestión lo ofrece la situación actual del proletariado italiano (4). Las elecciones – que fueron impulsadas abiertamente bajo la bandera comunista, como generosa “agitación”- han proporcionado al Partido un gran número de mandatos. ¿Y ahora qué? O bien participar en el “trabajo positivo” del parlamento, tal como lo que desean Turati y sus iguales, lo que tiene como consecuencia el triunfo del oportunismo, el debilitamiento del movimiento revolucionario. O sabotear abiertamente el parlamento, lo que llevará, tarde o temprano, aun enfrentamiento directo con la burguesía, sin que esté el proletariado en condiciones de elegir el instante en que tendrá lugar el enfrentamiento. Que no se me entienda mal: no partimos de la ridícula presuposición de que es posible “elegir el instante” en que tendrá lugar la revolución; por el contrario, creemos que los estallidos revolucionarios son acciones espontáneas de las masas, en las que corresponde al partido la función de despertar la conciencia del fin e indicar la dirección. Pero como el punto de partida del enfrentamiento está en el parlamento, esa espontaneidad está puesta el peligro. La acción parlamentaria se convierte en manifestación vacía (cuya consecuencia, a la larga extenúa y adormece a las masas) o suscita exitosas provocaciones por parte de a burguesa. La fracción italiana -por temor ante esa posibilidad última- oscila, inestable, entre las manifestaciones vacías y el ligero oportunismo de la fraseología revolucionaria. (Por cierto que, junto con estos errores tácticos de método, se han cometido también, por así decirlo, errores tácticos de contenido; por ejemplo, la manifestación pequeñoburguesa a favor de la república).

 

4

En ese ejemplo se manifiesta con total claridad la enseñanza de cuán peligrosa puede ser para el proletariado una “victoria electoral . Pues el mayor peligro reside, para el partido italiano, en que su actividad antiparlamentaria puede conducir muy fácilmente a la destrucción del parlamento…; aun cuando el proletariado italiano aún no posee, en cuanto a la ideología y la organización, la madurez necesaria para la lucha decisiva. La contradicción entre la victoria electoral y la falta de preparación ilumina claramente la invalidez de aquel argumento a favor del parlamentarismo que ve en este una especie de “desfile militar”del proletariado. Si los “votos” obtenidos significaran verdaderos comunistas, serían inválidos esos escrúpulos y la madurez ideológica ya existiría.

A través de esto se revela, también, que la agitación electoral misma no se encuentra desprovista de riesgos, incluso como mero medio propagandístico. La propaganda del Partido Comunista debe servir para despertar la conciencia de clase de las masas proletarias, para incitar a estas a la lucha de clases. Consecuentemente. debe orientarse en el sentido de acelerar, en la medida de lo posible, el proceso de diferenciación dentro del proletariado. Solo de ese modo ha de conseguirse que, por un lado, el núcleo consciente y firme del proletariado revolucionario (el Partido Comunista) se desarrolle cuantitativa y cualitativamente; por otro, que el partido arrastre las capas semiconscientes a través del ejemplo de la acción revolucionaria y las lleve a tomar conciencia revolucionaria de su situación. Pues la captura de votos no solo no es ninguna acción, sino que es algo peor; una acción aparente, la ilusión de una acción; de ahí que no actúe despertando la conciencia, sino, por el contrario, turbándola. Se constituye un ejército aparentemente grande que, en el instante en que se hace necesario resistir seriamente, falla por completo (Socialdemocracia alemana en agosto de 1914).

La situación se deriva necesariamente de la forma típicamente burguesa de los partidos parlamentarios. Como ocurro en toda la organización de la sociedad burguesa, el fin último, aunque rara vez consciente de los partidos parlamentarios burgueses es oscurecer la conciencia de clase. En cuanto minoría de la población condenada a desaparecer, la burguesía solo puede asegurar su dominio alineando en sus filas todos los sectores ideológicamente vacilantes y confusos. El partido parlamentario burgués es, en consecuencia, una resultante de los más diversos intereses de clase (por cierto que, desde el punto de vista del capitalismo, el compromiso es siempre mayor que el real). Pero al proletariado esta estructura partidaria se le impone casi siempre que él toma parte en la lucha electoral. La vida autónoma de todo mecanismo electoral, que necesariamente trabaja para obtener la mayor “victoria” posible, hace que las consignas se orienten en el sentido de atraer a “simpatizantes”. E incluso cuando esto no ocurrió o, por lo menos, no tuvo lugar en forma consciente, toda la técnica de la elección implica la captación de “aficionados”; esto encierra el fatal peligro de establecer una separación entre convicción y acción y de producir, de ese modo, una tendencia al aburguesamiento, al oportunismo. La obra educativa de los partidos comunistas, el efecto sobre los grupos del proletariado que se muestran confundidos y vacilantes, solo puede tornarse verdaderamente fructífera cuando fija en ellos lo persuasión revolucionaria a través del ejemplo de la acción revolucionaria. Toda campaña electoral muestra – en concordancia con su naturaleza burguesa- una dirección totalmente contrapuesta, que solo puede ser realmente superada en los casos más infrecuentes. También el partido italiano ha caído en ese peligro. El ala derecha contemplaba la afiliación a la Tercera Internacional, la demanda de una república de los consejos, como mera consigna electoral. El proceso de diferenciación, la auténtica conquista de las masas para la acción comunista, solo puede comenzar, pues, más tarde (verosímilmente, bajo circunstancias más propicias). Por el hecho de no hallarse en ninguna relación inmediata con la acción, las consignas electorales muestran una prodigiosa tendencia a borrar las contradicciones, a negar las orientaciones divergentes; atributos que resultan más que riesgosos precisamente en el estado actual de la lucha de clases, cuando lo que se busca es la unión real, activa del proletariado, no la unidad aparente entre los viejos partidos.

 

5

Entre las dificultades casi insuperables para una acción comunista en el parlamento, se encuentra la enorme independencia, e incluso la lógica autónoma que suele poseer el grupo parlamentario dentro de la vida partidaria. Es notorio -aunque no pueda analizarse aquí más detalladamente- que esto representa una ventaja para los partidos burgueses (5) . Pero lo que es provechoso para la burguesía, es, casi sin excepción, riesgoso para el proletariado. Así también en este caso, en que, como consecuencia de los peligros de la táctica parlamentaria antes expuestos, estos solo pueden ser evitados con alguna perspectiva de éxito cuando la actividad parlamentaria se encuentra sometida, en toda su dimensión e incondicionalmente, a la conducción central extraparlamentaria. Esto parece evidente en el plano teórico, pero la experiencia nos muestra que la relación entre partido y fracción parlamentaria se invierte casi sin excepciones, y el partido es arrastrado por la fracción parlamentaria. Así, por ejemplo, en el caso Liebknecht, durante la guerra, cuando aquel aludió (naturalmente que en vano) al carácter vinculante del programa partidario frente la fracción del Reichstag (6).

Aún más difícil que la relación entre la fracción parlamentaria y el partido es la que existe entre la primera y el consejo obrero. La dificultad para formular la pregunta de un modo teóricamente correcto vuelve a arrojar una luz clara sobre la índole problemática del parlamentarismo en la lucha de clases del proletariado. Los consejos obreros, en cuanto organizaciones de todo el proletariado (tanto del consciente como del inconsciente), apuntan, a través de su simple existencia, más allá de la sociedad burguesa. Son de acuerdo con su esencia organizaciones revolucionarias de la expansión, la capacidad de acción el poder del proletariado; como tales, son verdaderos termómetros del progreso de la revolución. Pues todo lo que se desarrolla y alcanza en los consejos obreros es algo que se ha arrebatado a la resistencia de la burguesía y, por ello, no es valioso solo como resultado, sino ante todo como instrumento educativo para la acción dotada de conciencia de clase. Tentativas (como la del USPD) para “anclar” los consejos obreros “en la constitución”, para asegurarles legal- mente un campo de acción determinado, revelan, pues, un punto culminante del “cretinismo parlamentario”. La legalidad mata al consejo obrero. En cuanto organización de ofensiva del proletariado revolucionario, el consejo obrero existe solo en la medida en que pone en riesgo la existencia de la sociedad burguesa, en la medida en que lucha y prepara, paso a paso, la destrucción de dicha sociedad y, con ello, la construcción de la sociedad proletaria. Toda legalidad -es decir, la adaptación a la sociedad burguesa con determinados límites de competencia- transforma la existencia de los consejos en una existencia aparente: el consejo obrero se convierte en una combinación de club de debates, comité y caricatura del parlamento.

¿Pueden, entonces, coexistir el consejo obrero y la fracción parlamentaria como armas tácticas del proletariado? Sería sencillo deducir, a partir de la índole ofensiva del primero y la defensiva de la segunda, una relación de complementariedad (7). Tales tentativas conciliatorias olvidan, sin embargo, que ofensiva y defensiva son, en la lucha de clases, conceptos dialécticos, cada uno de los cuales comprende un mundo entero de acción (es decir, en ambos casos: maniobras ofensivas y defensivas individuales), y solo puede aplicarse en una fase determinada de la lucha de clases, después de la cual hay que aplicar el otro. La diferencia entre ambas fases puede ser determinada del modo más breve y, al mismo tiempo, más claro, en relación con la cuestión que tratamos, de la siguiente forma: el proletariado se encuentra a la defensiva en tanto no ha comenzado el proceso de disolución del capitalismo. Una vez que ha comenzado esta fase de la evolución económica -al margen de que esa transformación se haya vuelto o no consciente; y de que parezca o no posible constatarla y demostrarla científicamente-, el proletariado se ve forzado a pasar a la ofensiva. Pero, como el proceso evolutivo de la ideología no coincide simplemente con el de la economía, y ni siquiera corre en forma totalmente paralela, la posibilidad objetiva, como también la necesidad de la fase ofensiva de la lucha de clases, rara vez encuentran el proletariado suficientemente preparado en el plano ideológico. Como consecuencia de la situación económica, la acción espontánea de las masas asume una orientación revolucionaria; pero es conducida continuamente por caminos errados, o es completamente saboteada, por la conducción oportunista, que no quiere ni puede desprenderse de los hábitos correspondientes al estadio defensivo. En la fase ofensiva de la lucha de clases, por lo tanto, ya no se enfrentan solo hostilmente con el proletariado la burguesía y los sectores que esta conduce, sino también la propia conducción precedente del proletariado. El objeto al que tiene que dirigirse la crítica no es ya, pues, en primera fila la burguesía (que ha sido ya sentenciada por la historia), sino el ala derecha y el centro del movimiento obrero, la socialdemocracia, sin cuya ayuda el capitalismo no habría tenido en ningún país la menor posibilidad de superar, aunque más no sea temporariamente, su crisis actual.

Pero la crítica del proletariado es, igualmente, una crítica de la acción una labor educativa a través de la acción revolucionaria, una enseñanza a través del ejemplo. Los consejos obreros son el instrumento más propicio que pueda imaginarse para alcanzar ese fin, Pues su función educativa es más importante que todos los logros que los consejos puedan procurarle al proletariado. El consejo obrero es la muerte de la socialdemocracia. Mientras que, en el parlamento, es posible encubrir el oportunismo concreto a través de la fraseología revolucionaria, el consejo obrero está forzado a actuar… o deja de existir. Esa acción, cuyo líder consciente tiene que ser el Partido Comunista, provoca la disolución del oportunismo, genera la crítica que es necesaria actualmente. No debe sorprender que la socialdemocracia tema la autocrítica que aquí se le impone. La evolución de los consejos obreros en Rusia, desde la primera revolución a la segunda, muestra claramente hacia dónde debe conducir esa evolución.

Con esto, quedaría teórica y tácticamente definida la posición del consejo obrero y del parlamento: cuando es posible un consejo obrero (aun dentro del marco más modesto), el parlamentarismo resulta superfluo. Este es incluso peligroso, ya que la crítica factible dentro de su ámbito es solo la crítica de la burguesía, no la autocrítica del proletariado. Este, sin embargo, antes de poblar la tierra santa de la liberación, debe pasar por el purgatorio de esta autocrítica. Por medio de esta autocrítica, el proletariado disuelve, descarta y, de esa manera, purifica su propia apariencia dentro de la era capitalista; apariencia que se manifiesta del modo más preciso en la socialdemocracia.

Notas:

1. Este artículo, que apareció en Kommunismus 1/6 (1920), pp. 161-172, representa el aporte de Lukács a una cuestión que ocupó profundamente a todos los miembros de la Tercera Internacional. En vista de que Lukács se refiere con frecuencia a los acontecimientos dentro del Partido Comunista Alemán (KPD), es importante tener en cuenta que dicho partido fue fundado entre diciembre de 1918 y enero de 1919, cuando la Liga Espartaquista rompió con el Partido Socialdemócrata Independiente (USPD) a raíz de la decisión que estos adoptaron de participar en las elecciones para el primer Reichstag posterior a la guerra. Después de los asesinatos de Rosa Luxemburgy Karl Liebknecht (enero de 1919), la dirección recayó en Paul Levi, que en el Segundo Congreso del KPD (Partido Comunista Alemán), que tuvo lugar en Heidelberg en octubre de 1919, impuso sus “Tesis sobre el parlamentarismo’’, en fas que impulsaba la participación en las elecciones. Esto produjo una escisión en el Partido, y aquellos que se opusieron a Levi fundaron el Partido Comunista de los Trabajadores (KAPD). Enfrentado con el desafío de este Partido y con el creciente fortalecimiento de la reacción derechista en todo el país (tal como lo demuestra el golpe Kapp en 1920), el Cuarto Congreso del KPD, que se desarrolló en Berlín en abril de 1920, decidió participar en las elecciones de junio. En ellas, el KPD obtuvo el 2 % de los votos, y obtuvieron bancas en el Reichstag tanto Levi como Clara Zetkin. En diciembre de esc año, el Partido se unió con el ala izquierda del USPD, adoptando el nombre de Partido Comunista Unido de Alemania (VKPD). Desde entonces, el KPD se mantuvo comprometido con la acción parlamentaria. El artículo de Lukács apareció tres meses antes del que Lenin dedicó a esta cuestión, Izquierdismo, enfermedad infantil del comunismo. Lcnin consideraba que la perspectiva de Lukács era un síntoma de enfermedad izquierdista y la facción de Kun atacó reiteradamente a Lukács por bs posiciones aquí adoptadas (n. del trad.).

2. Muy recientemente, por Karl Radek en Die Entwicklung der Weltrevolution und die Taktik der kommunistischen Parteien mi Kampfe um die Diktatur des Proletariats [La evolución de la revolución mundial y la táctica de los partidos comunistas en la lucha por la dictadura del proletariado]. Berlín, 1920, p. 29.

3. Esas tácticas son, seguramente, las que Engels tiene en mente en su prefacio, con frecuencia mal entendido – en buena medida, intencionadamente – a Las luchas de clases en Francia, cuando dice que los partidos del orden fueron destrozados por el estado de “legalidad” que ellos mismos habían creado. No puede haber duda de que Engels está describiendo una situación defensiva.

4. A excepción de la pequeña fracción “abstencionista” de Bordiga, los Socialistas Italianos (PSI) participaron en la elección de noviembre de 1919, y obtuvieron 150 bancas, con lo cual se convirtieron en el mayor partido parlamentario. Filippo Turati era el líder del ala derecha del Partido. El Segundo Congreso de la Tercera Internacional exigió su expulsión (junto con la de los otros lideres de derecha) en el verano de 1920 (n. del trad.). 5. Esto se vincula con las ventajas obtenidas por la burguesía gracias a la así llamadas separación de los poderes de gobierno. 6. Karl Liebknecht, Klassenkampf gegen den Krieg [Lucha de clases contra la guerra]. Berlín, 1915, p. 53. 7. Propuesta, realizada por Max Adler, del consejo de trabajadores como segunda cámara.